El complejo guaranítico comprende a un gran número de pueblos que se identifican por su lengua y determinados rasgos culturales comunes. Probablemente de origen amazónico, el complejo guaranítico se expandió desde el Caribe a la región pampeana, y desde el Atlántico hasta los contrafuertes cordilleranos de los Andes. Puede ser dividido genéricamente en tres grupos: los caribes, que ocuparon el norte de las Antillas; los tupís, que ocuparon el centro y sudeste del Brasil y los guaraníes, que ocuparon el sur brasileño, este y sudeste del Paraguay y parte del litoral argentino, incluyendo la provincia argentina de Misiones. Ingresaron en la región misionera en forma de aluviones desde el año 1000. La irrupción de los guaraníes en el área implicó, en algunos casos, el desplazamiento forzoso, y en otros, la aculturación, de grupos que ya estaban establecidos, como los kaingangs y guayanás.
Mientras los guaraníes se asentaron en la zona de campos y a las márgenes de los ríos, y arroyos, los grupos subyugados se desplazaron hacia las zonas selváticas, cuando no sucumbieron ante la violencia de las irrupciones. De hecho, al arribo de los primeros conquistadores europeos a la región, en el siglo XVI, el fenómeno aún mantenía toda su dinámica. Eran portadores de formas organizativas, productivas y tecnológicas, que los situaban en una posición de poder y dominio cultural en toda la región misionera. Esta línea cultural en parte está definida por la industria cerámica, con sus peculiares técnicas, ornamentación, grabados y funcionalidad. La utilización del ibirá-cuá, un palo con punta que servía para hacer el hoyo para la semilla, constituyó desde su implementación toda una revolución en el ámbito de la horticultura. Los guaraníes o avá –como ellos mismos se denominaban– definieron y caracterizaron culturalmente un singular espacio geográfico a su ingreso en la región misionera, siguiendo los cursos de los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay. La región no constituía en aquel momento un espacio vacío. Varios pueblos, de procedencia incierta, portadores de una cultura protoneolítica, constructores de túmulos y grabadores de petroglifos, cuyos vestigios hoy persisten como enigmáticos testimonios, sucumbieron ante la presencia imponente de los guaraníes. Las imágenes dramáticas de aquellas luchas por el dominio del espacio quedaron sepultadas en el tiempo. El resultado fue la definición de una nueva geografía humana para la región misionera, aquella que encontraron los primeros conquistadores y colonizadores españoles y portugueses. El paisaje fue ocupado con la sucesiva instalación de aldeas o tavá. Estas aldeas, que describiremos luego, señalaban la ocupación real de la tierra frente a los demás grupos no guaraníes que se alejaban cada vez más hacia el interior de la selva o el monte. El guaraní prefirió, para la instalación de sus aldeas, los terrenos ubicados sobre las riberas de los grandes ríos, arroyos y lagunas de la región. Eran los sitios más propicios para la pesca y la caza, para la recolección del ñai’ú o arcilla para la cerámica, y fundamentalmente para el aprovechamiento de la fértil capa de humus en las labores hortícolas, mientras que el monte cercano ofrecía sus frutos silvestres y abundante madera.
El guaraní conocía y visualizaba con claridad su hábitat geográfico, se sentía parte de él. Su propia lengua identificaba con toda lucidez, con nombres propios, ríos, arroyos, lagunas, cerros, montes, sitios significativos y otros de orden mitológico.
La aldea o tavá instalada, por ejemplo junto a la laguna del Iberá, no constituía un hecho poblacional aislado. Todo lo contrario. Era parte de una amplísima red intercomunicada por caminos o tape. En este ámbito las relaciones se establecían por el parentesco, o por alianzas circunstanciales de carácter ofensivo o defensivo. El guaraní conocía la existencia de los cazadores-recolectores que vagaban en torno de su ámbito geográfico, sabía de la existencia del imperio inca y de sus características, y había llegado inclusive hasta sus fronteras. Tampoco se le escapaba el conocimiento de la existencia del océano Atlántico. La geografía guaraní era un espacio racionalmente administrado. En él se conjugaban el hombre y la naturaleza en un armonioso equilibrio. Esto era sentido así por el guaraní. Lo que quedaba fuera de aquella geografía pasaba a ser la “tierra del otro”, del no guaraní.
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fuente "La herencia Misionera" |