<<< Pagina 1

Los Guaraníes (guerreros)

Pagina 3 >>>

Un modo de vivir y de producir
Los guaraníes habitaban en aldeas compuestas por tres o cuatro grandes casas comunales. Cada una de ellas contenía a todos aquellos que se hallaban relacionados por vínculos de parentesco, de tal modo que algunas podían albergar hasta un centenar de personas. Las casas, de forma alargada, consistían en una estructura portante de madera cubierta con ramas u hojas de palmera. En el interior, muy austero, se destacaban las hamacas colgantes y el fogón comunitario. En algunos casos, según las circunstancias, la aldea podía estar rodeada defensivamente por una empalizada. El ordenamiento de las casas comunales dejaba un amplio espacio abierto en medio de ellas. Esta especie de plaza comunal, era el sitio de la oración, la danza, la distribución comunitaria del alimento y asambleas. Los lazos de parentesco actuaban como ordenadores de la estructura social y económica de los guaraníes. Cada casa comunal representaba un te-íi (parentesco, linaje, casta) formado por todos los descendientes de un antepasado común con sus respectivas mujeres. Cada te-íi poseía un jefe y toda la actividad económica productiva se organizaba en función del te-íi. Dicha organización se basaba en el concepto de reciprocidad en el trabajo y en la disponibilidad de los bienes. Los lazos de parentesco obligaban al socorro mutuo, a compartir la cosecha, el animal cazado en el monte y la miel recolectada. La reunión de varios te-íi, formaban un tecohá (querencia, residencia). La reunión no era arbitraria, sino producto de algún lazo de parentesco, generado por ejemplo por el casamiento de un varón de un te-íi con una mujer perteneciente a otro te-íi. Entonces se formaba un tavá, es decir la aldea o el pueblo. Si alguna situación especial lo requería, como podía ser el caso de una guerra, los diversos te-íi elegían un jefe para el tecohá. Este tipo de designación se realizaba en casos muy especiales y el poder depositado en el jefe del tecohá se extinguía con la desaparición de la causa que diera fundamento a su elección. En realidad lo que cohesionaba al grupo, dándole identidad propia y persistencia, era la red de lazos de parentesco y el principio de la reciprocidad. El poder que detentaba el jefe del te-íi o cacique, era en la mayoría de los casos meramente nominal, ya que el poder real residía en la asamblea de ancianos. El cacique sustentaba su autoridad en la capacidad que poseía de dar o regalar graciosamente bienes a sus súbditos, en el valor y destreza que demostraba en la guerra, en su habilidad oratoria y en su poder de convocatoria. Si fallaba era destituido inmediatamente, pudiendo inclusive caer en desgracia. Frente al cacique se alzaba otra figura de poder: el chamán o payé. No sólo ejercía una gran fascinación sobre el pueblo, sino que también constituía una amenaza para la autoridad que representaban los caciques. El payé era un personaje temible. Se lo suponía portador de poderes portentosos, capaces inclusive de causar la muerte de alguna persona, de hablar con los espíritus de los muertos, de cambiar el curso de los ciclos de la naturaleza, de provocar y curar enfermedades. Conocedor profundo de la herboristería, tenía carácter de médico y al mismo tiempo de brujo, ya que la enfermedad era explicada desde lo sobrenatural. A diferencia del cacique¸ cuyo poder era generalmente hereditario, el payé se imponía al grupo por sí mismo, esgrimiendo sus presuntos dones sobrenaturales. Los estados alterados de conciencia que lograba a partir del consumo de hongos de propiedades alucinógenas generaban una atmósfera irreal que arrastraba a los integrantes de la comunidad a vivenciar experiencias de tipo místico. De esta manera el poder religioso se confundía con el político en la figura del payé. Su capacidad de convocatoria era tan fuerte, que su sola prédica podía generar grandes migraciones de población. Una de las funciones del cacique era la de administrar el trabajo comunitario y de distribuir equitativamente los bienes del consumo, además de vigilar y controlar las diversas actividades. Existía una división del trabajo por sexos. La preparación de la cerámica era, por ejemplo, una tarea exclusiva de las mujeres, como la de plantar e hilar los lienzos. El varón era básicamente pescador, cazador recolector y guerrero. Labraba troncos para construir canoas, preparaba las armas, rozaba algún sector del monte destinado al cultivo del maíz, del zapallo, la mandioca, la batata y diversas variedades de porotos. El concepto de propiedad privada de los bienes no existía en la sociedad guaraní. Todo lo que se cosechaba en los cultivos hortícolas, el producto de la caza y la pesca, los frutos recolectados, eran distribuidos solidariamente entre todos los miembros del te-íi. Solamente algunos pocos bienes podían ser detentados como personales, tal el caso de las armas, las hamacas, algunos utensilios de cerámica. En el mismo sentido, la tierra era considerada como un bien del que se podía disponer pero sobre el cual nadie podía pretender derechos de propiedad exclusiva. Eran comunitarios la tierra cultivable, las fuentes de abastecimiento de agua, el monte y la selva, con todos sus recursos aprovechables. El sentimiento individual de la propiedad privada prácticamente no existía, no ocurría lo mismo con el concepto colectivo de posesión de un suelo determinado y específicamente el sentimiento de íntima comunión existente entre los miembros de la comunidad, entendida como un todo absoluto, y la tierra que se habitaba.