Las Reducciones Franciscanas
España tenía especial interés en la protección del indígena, pues éstos representaban una fuente de riqueza económica en el corto y largo plazos, en cuanto constituían la principal fuerza de trabajo del sistema colonial hispánico rioplatense. Los encomenderos, en cambio, veían en el indígena un recurso para el enriquecimiento personal a corto plazo. Al margen de esta contradicción de intereses entre la sociedad encomendera y la monarquía española, se encontraba la voluntad común de los dos sectores para hallar una solución que permitiera detener la caída demográfica de los indígenas y prevenir las rebeliones. En este contexto surgieron los pueblos de indios o reducciones, como una forma de control social, conjugado al mismo tiempo con un genuino impulso evangelizador originado en el seno de la Iglesia. Los pioneros de la fundación de reducciones en el Paraguay fueron los franciscanos que iniciaron en el Paraguay en el año l580, fundando los Altos, Tobatí, Jejuy, Atirá, Ipané, Perico, Gurarambaré y luego Itá, en l585; Yaguarón, en l586; Caazapá, en l606; Yutí, en l6ll; Itatí, en l6l5 e Itapé en l682. Entre las dos últimas décadas del siglo XVI y la primera década del siglo XVII, los franciscanos habían logrado generar un espacio reduccional pionero, comprendido entre los ríos Paraná, Paraguay y Aquidabán. Con esta serie de fundaciones quedaba demostrada en la práctica la eficiencia del sistema reduccional como método de pacificación y de control del indígena. |
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La obra franciscana dejaba abiertos dos frentes de expansión: uno al nordeste, hacia el Guayrá, y otro al sureste, hacia las regiones paranaense y uruguayense. Después de l6l5 los franciscanos culminaron casi totalmente su obra fundacional en el Paraguay. |
Las Reducciones Jesuiticas
La Compañía de Jesús, (una nueva orden religiosa dentro del catolicismo, creada por Ignacio de Loyola en 1534) asumió la tarea de continuar con las fundaciones en las regiones del Guayrá, Paraná, Uruguay y Tapé.
El Padre General de la Compañía de Jesús, Claudio Acquaviva, creó desde su sede en Roma la Provincia Jesuítica del Paraguay, el 9 de febrero de 1604, nombrando como primer Provincial al Padre Diego Torres Bollo. La nueva Provincia comprendía vastos territorios, integrados hoy por Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile, el sureste del Mato Grosso (Brasil), los estados de Santa Catalina, Paraná y Río Grande del Sur (Brasil). En 1625 el territorio de acción de la Provincia Jesuítica del Paraguay se reduce, al crearse la Vice Provincia Jesuítica de Chile. En el orden administrativo eclesiástico la Provincia Jesuítica del Paraguay dependía directamente del General de la orden de la Compañía que estaba radicado en Roma. En la ciudad de Córdoba tenía su sede el Provincial de la orden. Luego estaban el Padre Superior y los curas doctrineros de los pueblos de indios.
Los Padres Jesuitas se nutrieron de la experiencia franciscana del Paraguay. Sin embargo las diferencias, y contradicciones, entre el sistema reduccional franciscano y el jesuítico no tardaron en mostrarse. El conflicto entre jesuitas, franciscanos y encomenderos, se planteó en forma inmediata en torno al tema del servicio personal de los indígenas. Para la Compañía de Jesús era un tema sobre el que no se podía transigir: los indios de sus pueblos no prestarían el servicio personal a los encomenderos. |
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El Guayrá constituía una extensa región comprendida entre los ríos Iguazú, Paraná y Tieté. Enclavada en el corazón de Sudamérica y surcada por innumerables ríos y arroyos, con una densa vegetación selvática extendida implacablemente como impenetrable manto sobre campos y serranías, el Guayrá era una tierra muy poco explorada, misteriosa y enigmática ante los ojos de los españoles y portugueses.
Esta región se había convertido en el lugar de refugio de miles de indígenas que huían de los encomenderos españoles y de los esclavistas portugueses. La tensión en la zona era extrema. Desde el Este presionaban los portugueses, y desde el Oeste los encomenderos de Ciudad Real y Villarrica. Millares de guaraníes confluían en el Guayrá, sumándose a las tribus que ya habitaban la zona. Para ellos consitutía uno de los últimos reductos de libertad. Pero, Geopolíticamente el Guayrá era una zona de fricción entre los intereses territoriales de España y Portugal. En este contexto el indígena no tuvo opción: se incorporaba al ámbito de resguardo que le ofrecían las reducciones jesuíticas o caía en manos de los encomenderos o esclavistas portugueses. Para los indígenas la única alternativa eran las misiones jesuíticas. Inmediatamente luego de la fundación de San Ignacio Guazú en el año l609 por el padre Lorenzana, los padres Cataldino y Maseta partieron hacia el Guayrá, donde fundaron, en las cercanías de la confluencia del Paranapanema con el Paraná, las reducciones de Nuestra Señora de Loreto y de San Ignacio Miní. Desde ambas reducciones los jesuitas desarrollaron su tarea misional fundando reducciones hasta el río Tibagiba, en dirección a San Pablo.
Con la fundación de San Ignacio Guazú en l609, los jesuitas echaban las bases para la ocupación territorial de la región paranaense, ubicada sobre ambas márgenes del río Paraná, desde el río Iguazú hasta Itatí, y hasta la serranía central de la actual provincia argentina de Misiones y los esteros de Iberá. La expansión hacia dicha región constaba de tres objetivos: incorporar al sistema reduccional a los temibles pueblos paranaenses que hasta ese momento habían rechazado todo contacto con los españoles; encontrar una ruta alternativa hacia el Guayrá que evitara la agreste zona de Mbaracayú, y también la intención de ingresar en la región del Uruguay y Tapé. El padre Roque González de Santa Cruz fue el mentor de la expansión. El avance comenzó con la fundación de la reducción de Encarnación de Itapúa (l6l5) y Santa Ana de Iberá, y luego, como punto intermedio entre Encarnación de Itapúa y San Ignació Guazú, la reducción de Yaguapohá. La ocupación de la región paranaense prosiguió con las fundaciones de Corpus (l622), Natividad del Acaray (l624) y Santa María del Iguazú (l626). Estas tres últimas reducciones consolidaban la nueva ruta hacia el Guayrá, abierta y explorada por el Padre Roque González de Santa Cruz. Hacia la segunda década del siglo XVII, los padres jesuitas habían logrado generar un espacio reduccional propio, independiente del espacio reduccional franciscano y de los intereses encomenderos. Este espacio era vasto, se extendía desde el Guayrá hasta la región del Iberá, el cual se constituía a la vez en un fuerte frente de expansión hacia el este, comprendiendo la cuenca del río Uruguay y la zona más oriental del Tapé. |
Ocupación de la región uruguayense y del Tapé
La reducción de encarnación de Itapúa fue el punto de partida para efectivizar el plan reduccional en la zona del río Uruguay. En l6l9 el padre Roque González de Santa Cruz llegó a la región del río Arecutaí (actual arroyo Tunas) donde fundo la reducción de Nuestra Señora de la Limpia Concepción del Ibitiracuá. Así se completaba la ocupación de los territorios ubicados entre el río Paraná y el río Uruguay. A Concepción le siguieron las fundaciones de Nuestra Señora de la Asunción del Acaraguá y San Javier (l629), ubicadas más al norte. En l626 se iniciaron las tareas preliminares para la fundación de Yapeyú, ante la necesidad de abrir una ruta de comunicación con Buenos Aires por el río Uruguay. La resistencia de los aborígenes de la región hizo que recién en l626 el padre Roque González pudiera internarse en los territorios ubicados en la banda oriental de río Uruguay, por el río Piratiní, que desemboca frente a Concepción. De esta manera se iniciaba la evangelización en el Tapé. En l626 se fundaba la reducción de San Nicolás de Bari, la primera al oriente del río Uruguay. Se buscaba también en esta entrada la apertura de un nuevo camino que comunicara las reducciones del Paraná, Uruguay y Tapé, con las de Guayrá, a través de los pinares y de los llanos ubicados entre el Uruguay y el Iguazú. La fundación de San Nicolás y la exploración del Tapé realizada por el padre Roque González, sirvieron al impulso y vitalidad que adquirió el sistema reduccional en la zona durante el período l632-l636.
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Luego del éxodo del Tapé realizado en el año 1638, la amenaza bandeirante continuó. A comienzos del mes de enero de 1639 una partida bandeirante dirigida por Pascual Leites Pais ingresa en el Tape, con la finalidad de cautivar indios rezagados del éxodo. El 17 de enero de 1639 la bandeira es enfrentada y vencida en una batalla librada en los campos de Apóstoles de Caazapaguazú. Las fuerzas guaraníes fueron dirigidas hábilmente por los ex militares Hermanos Coadjutores, Antonio Bernal y Juan Cárdenas, y el cacique y capitán del pueblo de Concepción, Nicolás Ñeenguirú.
Luego que cesó algún tanto la mortandad, el Padre Antonio Ruiz congregó los sobrevivientes, y los animó a fundar poblaciones en que establecerse. Entre Itapúa y Corpus Christi, a igual distancia de ambas poblaciones, corre el río Yabebiry; a orillas de este, no lejos del Paraná, en el cual desemboca, se crearon dos pueblos llamados, en recuerdo de los destruidos, Loreto y San Ignacio.
Al culminar el año 1631 solamente San Ignacio y Nuestra Señora de Loreto permanecían en el Guayrá. Las demás reducciones habían sido destruidas o directamente abandonadas por sus habitantes. El padre Antonio Ruiz de Montoya, Superior de las misiones guariñas, se encontraba frente a una decisión crucial: permanecer en el Guayrá y resistir a los ataques, o abandonar la región y asumir el fracaso del proyecto misional guayreño. El pánico en la población, la ausencia de una organización militar, sumado a la indiferencia de Asunción, Villa Rica y Ciudad Real frente al problema, terminaron por condicionar la toma de una decisión, probablemente no deseada por el padre Montoya: el abandono del proyecto guayreño y el éxodo de la población en busca de un ámbito territorial más seguro. El pánico cundió entre los indígenas ante la proximidad de las bandeiras. Durante varias semanas, 12.000 indígenas se prepararon para el éxodo. Se acondicionaron 700 balsas y las provisiones necesarias para el viaje. Los 12.000 indígenas, junto con el padre Antonio Ruiz de Montoya, se lanzaron en las balsas al río Paranapanema, navegándolo hasta llegar al Paraná. Tres días después los bandeirantes caían sobre los abandonados pueblos de Loreto y San Ignacio. LLegaron asi a las cascadas del Guayrá (hoy cubiertas por el lago de Itaipú). Durante cinco días, los indígenas recorrieron casi veinte leguas cargando por tierra todo su equipaje. Durante el trayecto por la selva los misioneros fueron víctimas de indios salvajes, fieras y alimañas. Salvado el tramo de las cascadas, se encontraron con que faltaban balsas. A esto se sumó la incorporación de 2000 guaraníes más que llegaron con el padre Pedro Espinosa, huyendo del ataque bandeirante a la reducción de Los Ángeles del Tayaoba. Al tiempo los alimentos comenzaron a escasear y faltaban también en el lugar árboles adecuados para construir nuevas balsas. Aun así, se comenzaron a elaborar canoas y balsas muy precarias. Mientras transcurría el tiempo empezó a notarse la falta de alimentos. Muchos se internaban en la selva en búsqueda de comestibles y no volvían más, otros labraban el suelo y plantaron semillas. Unos cuantos, por sus propios medios, se lanzaron al río en frágiles embarcaciones, motivo por el cual un gran número de guaraníes pereció ahogado en las aguas del Paraná. Las cartas que se habían enviado a las reducciones del sur antes de la partida pidiendo socorro nunca habían llegado a destino, de manera que los demás pueblos misioneros ignoraban el drama que se vivía en el Guayrá. Parte navegando y parte a pie por la costa, los guayreños llegaron hasta la desembocadura del río Yabebirí en el Paraná. Llegaron 4000 indios, 7000 habían perecido en la desesperación del éxodo. Los sobrevivientes, luego de acampar y reponerse durante algunas semanas en las costas del Yabebirí, refundaron las reducción de San Ignacio Miní y la de Nuestra Señora de Loreto. Desaparecidas las reducciones del Guayrá, los bandeirantes se encaminaron, a fines del año 1637, hacia las prósperas reducciones del Tapé. En el mes de diciembre del año 1637 una bandeira comandada por Raposo Tavares cae violentamente sobre la fronteriza reducción de Jesús María, destruyéndola totalmente y capturando a sus habitantes. Los que logran huir junto con los habitantes de la cercana reducción de San Cristóbal, se repliegan hacia el pueblo de Santa Ana, y todos a la vez se repliegan más al occidente, hacia la reducción de Natividad. Esta determinación de abandonar los pueblos más orientales y establecer la línea de frontera en el río Igay había sido tomada en una reunión realizada en Santa Ana, de la que participaron el Superior, padre Antonio Ruiz de Montoya, los curas de los pueblos y los principales caciques. También se decidió que los pueblos más expuestos a los ataques debían ser abandonados y quemados.
Esto provocó el pánico en la población, que emigraba descontroladamente buscando la protección de la costa occidental del río Uruguay. El padre Provincial Diego de Boroa, que llegaba a la región en aquellos momentos, se encontró con grupos de indígenas que huían despavoridos de sus pueblos. Entonces ordenó el regreso inmediato de todos y dio a conocer al padre Montoya su decisión de permanecer en la región y enfrentar a los bandeirantes. Aún así, varios caciques de las reducciones de Candelaria y Mártires tomaron la decisión, por propia voluntad, de abandonar sus pueblos y trasladarse a las reducciones del Paraná. Otros grupos prefirieron abandonar los pueblos e internarse en las zonas selváticas. Las incursiones bandeirantes se volvían cada vez más agresivas, mientras que los habitantes de los pueblos se hallaban desarmados e indefensos. El padre Provincial Diego de Boroa comprendió el sentido realista del padre Montoya y decidió el abandono de todos los pueblos ubicados entre el río Uruguay y el Igay. El éxodo se realizó en forma planificada y ordenada, con la finalidad de prevenirse de los desastres que habían ocurrido durante el éxodo del Guayrá. Algunos grupos se trasladaron y se establecieron en reducciones que ya estaban asentadas entre los ríos Paraná y Uruguay. Otros pueblos organizaron su traslado del siguiente modo: primero partían los hombres hábiles para el trabajo, quienes cruzaban el Uruguay, buscaban el sitio para la nueva reducción, labraban la tierra, construían provisoriamente el pueblo, y luego retornaban a buscar a los demás habitantes. Otros grupos dispersos de diverso origen fundaron reducciones totalmente nuevas, como la de los Santos Mártires del Japón. Para finales del año 1638 todos los pueblos del Tapé habían sido trasladados y ubicados en el estrecho espacio comprendido entre los ríos Paraná y Uruguay, en lo que hoy es la Provincia Argentina de Misiones. Terminado el éxodo se organizó una expedición al Tapé, dirigida por los padres Francisco Jiménez, Felipe Viver, Antonio Bernal, Gaspar Serqueira, Pedro Mola, Antonio Palermo, Pablo Benavídez, Adriano Formoso y Pedro Romero, con la finalidad de buscar a aquellos indígenas que se habían ocultado en los montes durante los ataques bandeirantes.
La distribución geográfica de los asentamientos, inmediatamente luego de los éxodos del Guairá y del Tapé, estuvo condicionada por la necesidad de defensa ante las invasiones bandeirantes. Esto implicaba aglomerarse, limitarse a la ocupación de un espacio geográfico reducido que permitiese una mejor asistencia de las reducciones entre sí, todo esto en desmedro de la posibilidad de ocupar regiones económicamente muy importantes, como lo eran las ubicadas al suroeste, ocupación que desde luego implicaría una dispersión espacial de las reducciones.
El año 1641 adquiere una singular relevancia en el aspecto territorial de las misiones. Luego de ser derrotados los bandeirantes en la batalla de Mbororé, en marzo de 1641, la región uruguayense comenzó a perder su carácter de frontera caliente. Se distiende la tensión fronteriza y el concepto de defensa que justificaba la aglomeración de las reducciones en esa estrecha franja, entre el Paraná y el Uruguay, comienza a perder sustento. Por demás el área era en su mayor parte selvática, no muy propicia para el desarrollo de los pueblos. A partir de 1650 varios pueblos comenzaron a emigrar para ocupar sus solares definitivos en las cuencas de los ríos Aguapey, Chimiray y Miriñay. A partir de ese momento la expansión hacia el oriente de la actual provincia de Corrientes fue el producto de las estancias de aquellos pueblos trasladados. Durante el período 1680-1690 las reducciones de San Miguel y San Nicolás se trasladan hacia el oriente del Uruguay, estableciéndose en sus sitios definitivos e iniciando la reocupación de los territorios abandonados en 1638. A los traslados de estos pueblos se sumó un proceso de creación de “colonias” a partir de la división de la población de determinados pueblos. De esa manera, con pobladores de Santo Tomé se fundó San Borja (1690), con pobladores de Santa María la Mayor se fundó San Juan Bautista (1697), dividiendo la población de Santa María de Fe se estableció Santa Rosa (1698), con indígenas de San Carlos se procedió a la fundación de Trinidad (1706), y con pobladores de Concepción se fundó Santo Angel Custodio (1707). De este modo, en las primeras décadas del siglo XVII, la Provincia Jesuítica del Paraguay definía su área territorial y se consolidaba como un sistema alternativo de incorporación del indígena al orden colonial, independientemente del proyecto encomendero y franciscano. Un vasto territorio geográfico que comprendía las cuencas de importantes ríos, como la del Tebicury, Paraná, Miriñay, Negro e Iguazú. Un espacio geográfico perfectamente definido por la Compañía de Jesús como misionero-guaraní, con una identidad cultural y étnica claramente evidenciada frente al resto del mundo colonial hispánico y portugués. |